Stephen Glass era un brillante redactor de la prestigiosa revista de actualidad y política The New Republic. El ingenio de sus artículos, su facilidad para encandilar a todo el que trataba y su juventud le llevaron a ser unos de los periodistas más solicitados. Pero el augurio de un futuro prometedor pronto se tambaleó. Más de la mitad de sus artículos no eran más que puras falsedades. Adam Penenberg (periodista que trabajaba en Forbes en aquel momento) reunió las pruebas necesarias, para desenmascarar a este farsante escritor.
Lamentablemente, este caso no es aislado. También causó un gran revuelo Jayson Blair, redactor del periódico “The New York Times”. Blair, que estuvo trabajando durante cuatro años para el Times, se dedicó a coger partes de las informaciones que realizaban otros diarios, las reescribía e inventaba escenas y declaraciones, haciendo creer que estuvo en el lugar de los hechos. El equipo directivo del Times encontró irregularidades en 36 de los 73 artículos que escribió Blair durante seis meses.
Estos “supuestos periodistas” constituyen un ejemplo de un fraude. Una estafa en una profesión cuya finalidad es, precisamente, servir a la sociedad y velar por la transparencia en funcionamiento del sistema democrático. Stephen Glass abusó de la confianza que los ciudadanos y los informadores depositaron en él y en su profesión. Fue capaz de mantener en jaque al cuarto poder.
En definitiva, en una sociedad sobreinformada, dónde cualquiera puede difundir información, sobre todo a través de Internet, el aspecto que puede distinguir al periodista del farsante, es que el primero estará siempre en posesión de la verdad.
Gracias a Glass, gozamos actualmente, de un claro ejemplo de “anti periodismo”.




